lunes, septiembre 14

Labios que saben a despedida...

Estoy a tan solo minutos de volver a verlo, de volver a escucharlo aunque sus palabras sé que me van a herir y voy a terminar llorando, de nuevo. Después de una semana y dos días de haber perdido el corazón, lo siento de nuevo latir, fuertísimo, como si se me estuviera por salir. Me transpiran las manos, tiemblo. Estoy más nerviosa que la primera vez que salimos. No sé porqué me siento feliz si sé que es la última vez, si sé que es la despedida, si sé lo que me va a decir. Y sobre todo, sé que se me viene otra semana agobiante de llanto. Acabo de vomitar. No porque me haya vuelto bulímica ni nada de eso. Sólo que cuando estoy muy nerviosa vomito. Es algo instintivo, que me libera. Tengo frío. Transpiro. Estoy afiebrada. Todo eso genera él en mi.

Sentada en la cama, leyendo un libro. “Chubasco” de Cielo Latini. Esperando su mensaje que diga: “Ya estoy en casa”.

Suena el celular, lo agarro emocionada y es mi mamá que está al tanto de la situación y me pregunta: “Y?” a lo que le respondo: “Todavía no salió del labu”. Sigo leyendo. Bah, leyendo. Lo único que veo es una hoja con letras y escucho a mi cabeza decir que tiene ganas de vomitar de nuevo. De nuevo suena el celular. Lo agarro. Cierro los ojos. Abro la ventana de notificaciones y no es él, es un pibe que ni me importa, que le corto el rostro y sigue.

Sigo leyendo. Sí, digo leyendo aunque no logro concentrarme. Decido cerrar el libro. Miro alrededor de mi habitación, miro mi celular. Nada. Me toco la panza. Y empiezo a pensar qué le voy a decir, pero nada se me ocurre porque lo voy a dejar hablar a él y voy a reaccionar conforme a su pretexto de: “Siento que no es mi momento”. No sé con claridad cuál pueda llegar a ser mi reacción, aunque siento que voy a llorar en bien vea su rostro. Como nada se me ocurre, decido escribir lo que estoy sintiendo ahora.

Sé todos sus horarios, 15hs sale del trabajo. Son 15.37. Mi estómago da vueltas. Mi cuerpo tiembla. Mi cabeza hace lo mismo que mi panza.

Cuando empecé esta nota estaba minutos de verlo. Ahora estoy a media hora de haberlo visto. Ver su cara de nuevo, ver sus ojos, sentir su perfume, su mano sobre la mía, por un lado me llenó pero por el otro pensaba “es la última vez”. Es que era así.

Subí al auto como si fuese una de esas tantas veces que lo hacíamos que íbamos a matear a la costa. Ya sentía el dolor en el pecho pidiéndome expulsar las lágrimas, el mundo dándome vueltas. Lo escuchaba hablar pero sus palabras no llegaban a mi cerebro para responder. Le conté mi trágica semana, como mi mejor amiga, mi hermana de la vida se había borrado completamente, desapareciendo, dejándome sola en el peor fin de semana de mi vida. Mientras iba reproduciendo mis palabras, mis ojos se inundaban. Tragué saliva y seguí hablando.

Llegamos a la costa, la de siempre. El mate de siempre. La música de siempre. Pero ésta vez no era como siempre. Ésta vez iba a ser la última. Y empezaron los mates, las charlas sin sentido, contarnos el sábado que habíamos pasado, la semana. Todo. Y se hizo el silencio. Y dijo la primer palabra: “No quería lastimarte” y siguió con un: “Extraño tu perfume”. No tuve otra alternativa que decir la verdad. Lo extrañaba más que nada, nunca había extrañado tanto. Nunca había dolido tanto. Y se lo dije. Como era de esperarse la “leona” dejó su orgullo y brotaron las lágrimas por millón, pero cuando soltas la primera lágrima sabes que no vas a poder parar, así fue. Un abrazo. Sentir tu perfume (y siempre mi cabeza pensando: “Es el último”). Así seguimos hablando de lo que sentíamos, de cómo nos sentíamos, de estos nueve maravillosos meses. Su mano apretando la mía. Sin darme cuenta estábamos haciendo “la vuelta” de siempre, rotonda, Galíndez. Y ahí estaba, en la puerta de mi casa diciéndole: “Chau”. De la nada pasó, un beso. 3 minutos. Bajé. Cerré la puerta. Llorando. Sin darme vuelta. Abrí la puerta de mi casa llorando. Terminé en el piso llorando desconsolada, sola.


Cómo explicar lo que siento, no lo sé. No siento, creo que eso lo resume. Solamente siento las lágrimas salir, un mar. Tomo agua y sigo llorando ¿Cuánto tiempo más voy a estar así? Tampoco lo sé. A esta altura del dolor ya no sé nada. Espero que se pase pronto.

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